Neurociencia, ética y pobreza (Segunda parte)

Neurociencia y Pobreza

Esta es la segunda parte del artículo de Martha Farah sobre neurociencia, ética y pobreza en relación con el desarrollo infantil. Accede a la primera parte aquí 

Consecuencias cuestionadas de la neurociencia de la pobreza

Algunas personas han expresado preocupación con relación a que la neurociencia promueve que nos centremos en el mal funcionamiento del sistema biológico en vez de hacerlo en la estructura social moralmente incorrecta. Uno de esos críticos compara la neurociencia de la pobreza con decir que la esclavitud está mal porque afecta el cerebro (leer Farah, 2018, para ver el análisis de esta y otras críticas). Es cierto que el enfoque de la neurociencia centra la atención sobre los factores biológicos, y esto podría tener el efecto desafortunado de desviar la atención de los factores estructurales sociales y económicos.

Otras personas han señalado que, al enfatizar las diferencias en la función cerebral, se corre el riesgo de patologizar a los pobres. Centrarse en las diferencias cerebrales nos induce a ver a los pobres como personas enfermas o con problemas, lo que en sí puede ser perjudicial, ya que provoca desvalorización y estigmatización.

Otra preocupación más surge del creciente papel de la neurociencia en los debates sobre políticas contra la pobreza que proviene de que a menudo notamos que existen períodos críticos. Aunque esto fortalece el argumento a favor de la inversión social en los primeros años de vida de un niño, puede provocar el abandono de los niños mayores, adolescentes y adultos que necesitan ayuda.

Todas estas son preocupaciones éticas, ya que implican equivocarse al atribuir la culpa (exculpando las desigualdades sociales y económicas), cosifican y desvalorizan a las personas (gente con cerebros inferiores) y excusan la falta de acción (porque, ¿para qué molestarse si ya han pasado el período crítico?).

Pero, ¿la neurociencia de la pobreza es esencialmente problemática desde un punto de vista ético? No lo creo. Los problemas que se acaban de plantear no son implicancias lógicas de una visión neurocientífica de la pobreza. Es más preciso llamarles interpretaciones erróneas entendibles. Podemos ver de dónde vienen: el discurso de la neurociencia hace especial hincapié en ciertas ideas sobre la pobreza. Sin embargo, ese es el resultado de las imágenes, asociaciones y connotaciones que la neurociencia evoca en nuestras mentes, más que el mensaje científico literal. Decir que la neurociencia de la pobreza patologiza a los pobres o niega la importancia de los factores estructurales es como quejarse de que el psicólogo que administra la prueba de Rorschach te muestra imágenes obscenas.

Sin embargo, si hay ciertos malentendidos nocivos que son predecibles, es verdad que los neurocientíficos que estudian la pobreza tienen una obligación ética: la de anticipar estos malentendidos y evitarlos. Por ejemplo, dado que la neurociencia naturalmente centra nuestra atención en los procesos que ocurren dentro del cerebro en vez de las causas estructurales de la sociedad, debemos recordarle de manera proactiva a nuestro público que las explicaciones biológicas y las sociales no son mutuamente excluyentes. Si debatimos sobre el riesgo más elevado que tienen las personas con bajo estatus socioeconómico de padecer depresión y presentamos una explicación relacionada con el acoplamiento amígdala-prefrontal, deberíamos agregar que este fenómeno neuronal en sí mismo puede deberse a los factores estresantes actuales y a los que siempre han existido, arraigados en las desventajas sociales y económicas. Para mí, esta fue una de las reflexiones más útiles que extraje de esta estimulante conferencia.

Artículo originalmente publicado en: http://www.theneuroethicsblog.com/2019/07/the-neuroethics-of-poverty_2.html