El perdurable encanto de lo estrafalario.

l avance de lo que la Organización Mundial de la Salud finalmente acaba de catalogar como una nueva pandemia del siglo XXI, el Covid-19, inspiró medidas de un dramatismo pocas veces visto, tales como el cierre de fronteras, la cancelación de vuelos durante semanas o el aislamiento compulsivo. Pero a pesar de que la ciencia y la medicina tienen recursos inimaginables hace solo unas décadas, que nos permiten reunir evidencias, interpretarlas y plantear el rumbo más certero para resolver este problema, el temor global desatado muestra que en ciertos sentidos la psicología colectiva reacciona como si todavía estuviéramos en la Edad Media.

Basta con enterarse de las múltiples “recetas” que se difunden para alejar la infección, como comer ajo, atiborrarse de vitamina C, ingerir cápsulas de omega 3, tomar alcohol, jengibre o jugo de limón, o 10 glóbulos homeopáticos diarios de Arsenicum album , o sorprenderse con la noticia de que alguien quiere hacerle una “carta natal” al nuevo coronavirus, o explicar su aparición por la conjunción de Saturno y Plutón (que “cuando se unen siempre hay un virus” (sic), para comprender que la humanidad conserva emociones ancestrales.

Ciertas reacciones parecen más propias del siglo XIV, cuando Europa vivió lo que se considera la mayor epidemia de la historia, la temible “peste negra”. De ella, también se dice que se habría originado en China, pero testimonios de la época afirman que llegó a Europa, y más precisamente al puerto de Mesina, en 1347, a bordo de una flota de navíos genoveses. Propagada por las ratas y las pulgas, se cobró la vida de entre un 25% y un 50% de la población de ese continente.

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En La muerte negra (Fondo de Cultura Económica, 1983), Robert Gottfried cuenta que en esa época la medicina se regía por la teoría de los humores (eran cuatro: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra), que a su vez se vinculaban con ciertos órganos. Cada uno tenía cualidades específicas y cuando estaban en equilibrio, la persona gozaba de buena salud. El reposo era la primera prescripción y, si eso fallaba, el médico intervenía en la alimentación. Si así tampoco tenía éxito, podía recomendar “una sangría, una flebotomía, un cauterio o una aplicación de ventosas”. En el plano preventivo, se aconsejaban los olores agradables, quemar maderas aromáticas, o salpicarse las manos y los pies con agua de rosas y vinagre, pero evitar escrupulosamente el baño porque “abría los poros haciendo que el organismo fuese más vulnerable a la enfermedad”.

También se recomendaban alimentos ligeros, comidos muy lentamente y masticando bien, evitar la carne, los productos de leche y el pescado, e inclinarse por el pan, los huevos, la fruta y las legumbres. Dormir demasiado era malo, especialmente después de comer o a la mitad del día. Y se aconsejaba nunca dormir de espaldas, pues esto permitía que un aire potencialmente pestilente ingresara en los pulmones.

En esos tiempos, los médicos estaban desarmados: no solo no sabían qué originaba la enfermedad, sino tampoco cómo doblegarla. Según las crónicas, un galeno de Montpellier llegó a plantear que la peste se transmitía? ¡con la mirada! Fue durante ese flagelo que se establecieron las primeras medidas de aislamiento. Las autoridades de Marsella determinaron que todo barco que llegase a su puerto con una persona sospechosa de padecer la enfermedad debía permanecer a bordo durante treinta días antes de bajar a tierra. En Venecia, ese lapso se prolongó hasta los cuarenta días, y así nació el vocablo “cuarentena”, que todavía utilizamos.

Es notable que, por alguna razón, siempre nos resultan más atractivos los “gualichos”. Pero en circunstancias como ésta, más vale hacer caso a los que saben. Buscar fuentes de información serias y cumplir con las recomendaciones, porque las decisiones individuales marcarán la suerte de todos. Se encuentre Saturno donde se encuentre.

Por: Nora Bär

La Nacion.