Lo esencial no puede ser invisible a los ojos.

Pobreza e infancia en América Latina.

A partir de la definición de UNICEF, considerando las particularidades de Bolivia y “basándose en los datos disponibles”, el Estado boliviano define a la pobreza infantil como:

“La privación o limitación en el acceso a recursos como la salud, la educación, la vivienda, servicios sanitarios y la información, situación que compromete el desarrollo pleno de sus capacidades y potencialidades, limita el ejercicio pleno de sus derechos y coarta su integración social como miembro pleno de la sociedad”.

La definición de pobreza infantil de UNICEF contempla además de la privación de los recursos materiales, la privación de los recursos “espirituales y emocionales para sobrevivir”. Esta definición más amplia tiene cuatro características. El concepto de privación hace referencia a la carencia como una característica del entorno. Las privaciones deben ser analizadas en su relación mutua y no como indicadores aislados. La pobreza infantil, desde una perspectiva de la relación de privaciones será multidimensional. Finalmente, se establece que el criterio económico (ingresos) para definir la pobreza es importante, pero no es el único ni el central.


Sin embargo, la definición del Estado boliviano no contempla los aspectos espirituales y emocionales y hace énfasis en los servicios básicos. En nota al pie se aclara que “lamentablemente no se cuenta con información que permita incorporar los aspectos emocionales y espirituales de pobreza al presente estudio. El levantamiento de ese tipo de información es una tarea pendiente”. No es nuestro propósito analizar la consistencia conceptual o metodológica del documento citado. Lo que queremos mostrar es que aquella definición de pobreza infantil que “será la base sobre la cual se diseñen las políticas de lucha contra la pobreza” se sustenta en “la información disponible”. Se puede colegir, por tanto, que la política pública en materia de pobreza infantil se sustenta en gran medida en la disponibilidad de la información y no atiende la problemática en su dimensión real.
A partir de esta definición y del criterio de la disponibilidad de datos, principalmente, se identifican cinco dominios de análisis: vivienda, servicios básicos, servicios sanitarios, agua segura, información, educación y salud. En cada dominio se determinan los indicadores, una vez más, se realiza con base en la disponibilidad de datos. Se entiende por “privación en educación” la tasa de asistencia escolar. Ir o no ir a la escuela. Se constata que el 10.6 % de la población entre 0 y 17 años no asiste a la escuela o “presentaba privaciones severas” (UDAPE UNICEF, 2009: 41). En el dominio de salud se utilizan como indicadores las coberturas de vacunación (tercera dosis de vacuna anti polio y vacuna triple.

REFLEXIONES SOBRE POBREZA INFANTIL, CALIDAD DE VIDA…

En menores de dos años y de atención médica en caso de enfermedad. Según estos datos, 8% de la población infantil “enfrenta privaciones severas en salud”. En el dominio vivienda se considera como “adecuada” una vivienda que no tiene piso de tierra y en la que el niño no enfrenta condiciones de hacinamiento. Entonces se concluye que 31.5% de los niños y niñas viven en hogares con piso de tierra y 15.3% reside en hogares con hacinamiento. Combinando estos datos se concluye que casi el 40% del total de niños y niñas vive en hogares con piso de tierra y/o en condiciones de hacinamiento. En el dominio agua segura, el único indicador es el “tipo de acceso al agua”, de lo cual se establece que el 14.4% de la población infantil presenta privaciones de acceso al agua. En el dominio de privación de servicios sanitarios se establece que el 29% de la población infantil vive en hogares donde no existe baño. La privación en información es definida como falta de acceso al teléfono, la radio, televisión o periódico en los hogares. Los resultados muestran que el 13.8% “presentan privaciones en información” en sus hogares. De esta aproximación a las concepciones sobre desarrollo y pobreza infantil desde el Estado queremos destacar los siguientes aspectos. En primer lugar, reflejan la voluntad del Estado boliviano de trabajar explícitamente en la reducción de los índices de pobreza infantil a través dela planificación de programas y planes sectoriales. Sin embargo, al menos de acuerdo al Reporte de Bolivia sobre la Pobreza y Disparidades en la Infancia (UDAPE UNICEF 2009), parten de una concepción de pobreza infantil limitada a la disponibilidad de datos, la cual no será suficientemente adecuada para sustentar una política que dé cuenta y enfrente seriamente la incidencia de la pobreza infantil. El reducir la “privación en educación” a un problema de tasa de asistencia conlleva a una respuesta estatal simplista: otorgar a los niños y niñas un bono que estimule la asistencia y permanencia escolar. Con esto se podrán haber mejorado los índices de asistencia escolar, pero no se ha mejorado la calidad de la educación como un derecho fundamental. Analizar el problema de salud en términos de cobertura de servicios sanitarios e índices de vacunación lo reduce y deforma de manera caricaturesca. La política de salud se reduce, así, a incrementar las coberturas de vacunación y “partos atendidos” por un profesional médico. También en el extremo de este reduccionismo técnico metodológico del problema de la pobreza infantil está el criterio de “calidad del piso de la vivienda” o el acceso a televisor como un factor de medición de la “privación”. Dicho de otro modo, no consideramos que uno de los problemas más graves por los que atraviesa la niñez en Bolivia sea la calidad del piso de su vivienda, o la falta de televisor. Los indicadores orientados por el Enfoque de Necesidades Básicas pueden dar cuenta de una parte de la situación de pobreza infantil y dar lugar.

La políticas con el objetivo de mejorar estos indicadores. Sin embargo, este tipo de análisis y políticas orientadas por el Enfoque de Necesidades Básicas resulta necesario como punto de partida, pero insuficiente. Será necesario entonces replantear la orientación de estas políticas desde la misma concepción de desarrollo y pobreza que en ellas subyace.


Para replantear la orientación de estas políticas será necesario partir de la particularidad de la incidencia de la privación sobre personas que se encuentran en una situación de dependencia y en una etapa de desarrollo.

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La pobreza infantil compromete las condiciones de vida actuales de este segmento de la población así como su desarrollo y su futuro. Pese a la carencia de datos cuantitativos, los aspectos emocionales y espirituales que tienen que ver con el desarrollo de los vínculos afectivos e identitarios  en la familia y la comunidad o, por el contrario, con el progresivo deterioro de las relaciones sociales deben ser tomados en cuenta. Estos aspectos serán abordados en el siguiente apartado a partir de los datos del diagnóstico de desarrollo humano del municipio de La Paz.

La pobreza infantil se caracteriza por el deterioro de estas relaciones de afecto, cuidado y atención que son fundamentales para el desarrollo del ser humano. En este ámbito será necesario volcar la mirada a la gente para escuchar sus aspiraciones, sus necesidades e interpelarnos acerca de qué podemos hacer como instancia estatal para fortalecer procesos de cohesión familiar y comunitaria y restablecer los lazos sociales degradados por la racionalidad moderna. Será el protagonismo de la comunidad y el que posibilitará tomarlas decisiones que guíen la política pública hacia el bienestar de la infancia. Desde esta perspectiva el Estado y el gobierno local deben dejar de lado su pretensión totalitaria de arrogarse el derecho de trazar el destino de la comunidad y de su infancia. Nada más lejos de esta perspectiva que mostrarse como el protagonista central de los cambios sociales que se traducen en triunfalistas reducciones de los índices de pisos de tierra o en el incremento de índices de asistencia escolar gracias a la benevolencia del gobernante que entrega bonos. El tercer aspecto de la calidad de vida tiene que ver con una visión pluralista de la idea de desarrollo.


Hemos visto que la pobreza infantil no puede ser caracterizada por medio de variables estadísticas solamente. La diversidad de “privaciones” se expresa en una diversidad de situaciones problemáticas que tienen su origen en las carencias materiales en gran medida, pero también en aquellos ideales de vida que llevan al deterioro de las relaciones familiares, a la carencia de referentes afectivos e identitarios en los niños carenciados.

CONCLUSIONES

Partimos del análisis de las concepciones de desarrollo, desarrollo humano, pobreza, y pobreza infantil que definen la pobreza en general, y la pobreza infantil en particular, como fenómeno y problema. Estas definiciones, al mismo tiempo orientan la intervención estatal a través de políticas, programas, asignación de presupuestos, etcétera. Es evidente que una definición de pobreza infantil desde un enfoque centrado en la carencia de ingresos ha sido ampliamente superada.


Una alternativa a esta definición asume un enfoque multidimensional que contempla la “privación en el acceso a recursos educativos, de salud, información, etcétera” que sufren los niños considerados pobres. Sin embargo, este enfoque multidimensional se funda para el análisis sólo en la información disponible. Así, el indicador de “educación” queda reducido a “tasa de asistencia escolar”, el indicador de salud a “”acceso a vacunas y atención médica”, etcétera. La mayor dificultad de este planteamiento no está en sus deficiencias metodológicas o técnicas, sino en que, a partir de estos criterios reduccionistas se caracteriza la pobreza infantil y por ende se ponen las bases de la intervención estatal. Todo este con- junto de interpretaciones, análisis del que derivan las políticas estatales se fundamentan en un enfoque de pobreza reducida a la insatisfacción de las necesidades básicas del individuo (ENB), en este caso del menor de 18 años.


El enfoque de las necesidades básicas responde al paradigma de “bienestar-pobreza”. Éste plantea, en el fondo que a menor pobreza le corresponde mayor bienestar. Por pobreza se entiende, en el caso de la infancia, la privación de bienes y servicios. Dentro de este esquema se han hecho  diversos ejercicios de medición de la pobreza, políticas de reducción de la pobreza, atención a grupos vulnerables, etcétera. La lógica que subyace a esta concepción y las prácticas que de la misma se derivan es que el bienestar se alcanza a través del acceso a bienes y servicios que están mediados por el mercado. La pobreza, por tanto, es la imposibilidad de participar plenamente en el mercado por carencia de ingresos y por tanto de acceder a estos bienes y servicios que harán posible el “bienestar” del individuo.


El desarrollo humano como parte de la política estatal, desde esta perspectiva, está orientado a dos estrategias.
El subsidio directo e indirecto de bienes y servicios, supliendo las deficiencias del sistema liberal mercantil y paliando las consecuencias del mismo.
La segunda estrategia es la del incremento del ingreso a través de bonos, de modo que se incremente la posibilidad de participación en el mercado de bienes y servicios y de este modo se puedan mejorar los niveles de “bienestar”. Este enfoque y los datos que del mismo se derivan abordan la problemática de la pobreza infantil de una manera tan limitada a los indicadores sectoriales que acaba por desfigurarla. De este modo, la política pública se orienta en sus esfuerzos a mejorar los índices que de estos análisis devienen como camino para reducir la pobreza infantil. La evidencia empírica presentada en la segunda parte de la ponen clara muestra que el problema reviste mayor complejidad. Las carencias o privacionesde servicios públicos de salud, educación o protección son sólo parte del problema. El drama de la pobreza infantil se asienta precisamente en aquellos aspectos que la política pública elude “por falta de datos” o por falta de voluntad o capacidad para enfrentarlos. La pobreza tiene sus ex-presiones más evidentes en la situación de abandono de la niñez y de los adolescentes, en el crecimiento de la violencia hacia los más pequeños y la reproducción de la violencia entre pares en las escuelas y barrios, en el consumo de alcohol y drogas, el embarazo adolescente, etcétera.


Las respuestas estatales desde instancias locales atienden los casos más extremos y urgentes a partir de la implementación de servicios de cuidado y protección que son cada vez más insuficientes o programas asistencialistas que palian de alguna manera la situación. Su carácter urgente y remedial hace que las intervenciones sean aisladas, focalizadas y sectoriales. A partir de estos datos proponemos un marco de comprensión que supere el enfoque economicista o el enfoque de necesidades básicas y que atienda al carácter “relacional” de la pobreza infantil a partir del concepto de comunidad con calidad de vida. Desde esta perspectiva, se trata de re-pensar la pobreza infantil, las metodologías para la generación de datos, pero sobre todo la orientación de la política estatal. La superación de las expresiones más crudas a la vez que generalizadas de la pobreza infantil tal es como el abandono y la violencia, deben ser asumidas no como carencias de servicios que sufren los individuos menores de edad, sino como la consecuencia del deterioro del tejido social, de las relaciones comunitarias y familiares.


El paradigma del vivir bien apunta a la calidad de vida en el contexto comunitario. Dijimos que “no hay calidad de vida sin comunidad y no hay comunidad sin calidad de vida”. Desde este paradigma, la calidad de vida debe entenderse no sólo como acceso o privación de bienes y servicios, sino desde la perspectiva relacional. La relación con el mundo, con la sociedad y el espacio simbólico que posibilita estas relaciones (visión compartida). Por tanto, se trata de una perspectiva mucho más amplia. La mediación para alcanzar la calidad de vida ya no es (solamente) el mercado, sino la comunidad.


La calidad de vida es, en parte, privación del acceso a bienes y servicios Pero también está la relación con la naturaleza, las relaciones sociales, los proyectos de vida, los valores compartidos, etcétera. Desde este paradigma, el desarrollo debe entenderse como “vivir bien” de acuerdo a los valores y los proyectos de la comunidad.


Una dificultad inicial es el desarrollo de indicadores de “calidad de vida”. Habrá que partir de los indicadores de pobreza, pero desarrollar los otros indicadores a nivel individuo, familia y comunidad y limitarse a los indicadores individuales como base del diseño de políticas sociales.
Entonces, ¿cuál es rol del Estado y en nuestro caso del gobierno local? No se trata de desechar lo avanzado hasta ahora en materia de política social, sino de trascender el paradigma bienestar-pobreza para avanzar hacia el paradigma del vivir bien o “comunidad con calidad de vida”.
No podemos transitar súbitamente de un paradigma a otro. Se necesita un proceso.


Sin embargo, es necesario también tener en cuenta que la política pública en materia de pobreza infantil debe diseñarse bajo un paradigma distinto.El paradigma del vivir bien o comunidad con calidad de vida nos remite a una lectura de la realidad distinta, que se fundamenta en el análisis relacional (comunidad) y no sólo en el acceso a bienes y servicios. A partir de esta lectura, diagnóstico e interpretación de la problemática social se podrán ir perfilando nuevas políticas sociales y sectoriales. El papel del gobierno local deberá poner el acento en la generación de las condiciones para el fortalecimiento de las instancias comunitarias a partir de los programas actuales y de nuevos. El punto de partida será reorientar los programas subsidiarios para transitar a programas nuevos que apunten a la mejora dela “calidad de vida” de la población a partir del protagonismo de la comunidad y del papel central del gobierno local.


Si la ausencia o deficiencia de la calidad de vida es consecuencia del deterioro de las relaciones y por tanto de la comunidad, será necesario que las políticas, programas, actividades, prestaciones, etcétera, estén orientadas, en última instancia, al fortalecimiento (o en algunos casos a la creación y desarrollo) de la comunidad en todos sus niveles. Las alternativas a esta  situación, entonces deben estar orientadas a la reconstrucción de la comunidad y su expresión inmediata que es la familia y otras más mediatas como la comunidad educativa o barrial. A partir de esta recuperación de la centralidad de los actores sociales en el desarrollo de la comunidad en general y en la protección de la infancia en particular se podrán precisar las causas profundas de la pobreza infantil y las alternativas de su superación. No se trata ahora de que el Estado se retraiga del cumplimiento de la parte que le toca, se trata de que el Estado y sus administradores locales no se contenten con responder a las directrices que marcan los organismos internacionales y con bajar los indicadores de pobreza y que la sociedad no se contente con esperar a que el Estado haga algo más que eso.


Toda situación de pobreza, pero la pobreza infantil en particular, merece una atención urgente y decidida porque cada día que pasa es un día más en el que miles de niños, niñas y adolescentes atraviesan por una situación.

-Nelson Antequera D.

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