El desafío de volver a la escuela y aprender a cuidarse.

Juan no sabe qué día es. Durmió a la mañana, vio videos de noche, no asistió al Zoom de la escuela, no habla desde hace días con papá y mamá, no sabe lo que pasa en la calle. El mundo pasa por su cama, su computadora, su celular, que se ha “secado” un poco en los vínculos.

Lleva 180 días de encierro, de quedarse en casa, limitando la comunicación a mamá, papá, los hermanos. Alguien decidió que sus amigos se terminaron; las experiencias de la escuela, de la calle, los vecinos, sus parientes, todo eso desapareció.

El mundo del Zoom, del Meet, es una experiencia que empezó a volverse insoportable a medida que pasó el tiempo. Las discusiones del aula, las charlas con la que pretende que sea su novia, las travesuras con los amigos, los guiños de su profesor… Eso era la escuela. El lugar en el que lo veían llegar, lo miraban, le preguntaban, lo retaban. Juan sabía que ahí existía, que vivía experiencias alegres y tristes, pero era él, en un mundo de pares a los que les pasaban cosas parecidas.

Y un día se acabó todo, lo “encerraron” en su casa para “cuidarlo” de un virus que podía hacernos daño a todos. Y allí quedaron los chicos y jóvenes perdiendo todo registro de la vida que vivían.

¿Fueron protagonistas de los cuidados de la cuarentena? No, no tenían tarea más que quedarse en casa, buscarse actividades y esperar. podían hacer nada para cuidarse o cuidarnos, solo esperar a que les dijéramos que ya podían salir.

Y los días pasaron, y la discusión de “seguirlos cuidando” o hacerlos protagonistas de la tarea de vivir cuidándose de los riesgos que podían existir se profundizó. El miedo sigue existiendo, la pregunta es cómo cuidarlos de las dificultades de la situación. ¿Los mantenemos lejos de la realidad y del riesgo o los acompañamos a aprender a vivir cuidándose?

Comunicado: acuerdos para el comportamiento en las clases virtuales –  Instituto José Hernández

La cuarentena fue un intento de esconder a todos del virus, lejos de los riesgos. Pudo haber tenido resultados, pero todos estamos muy cansados de esos cuidados: queremos vivir la vida, además de cuidarnos, protegernos de los riesgos.

A los chicos les pasa lo mismo. Fue bueno cuidarlos, pero ese cuidado los está ahogando y nosotros no nos dimos cuenta. Necesitan a sus amigos, sus vecinos, sus maestros, la escuela, la calle, la plaza, no perder contacto con la vida cotidiana, con el aprendizaje, con el futuro.

Ya probamos el camino del encierro, probablemente llegó otra hora: la de, sin abandonar la necesidad de protegerse, no perder tampoco la experiencia de vivir, de crecer, de vincularse con el mundo.

Cuidar a los chicos es protegerlos sin ahogarlos, sin negarles la posibilidad de vivir, experimentar, correr por la vida. Eso es la escuela, relaciones sociales, experiencias de ordenamiento, de juego, de conversación, de libertad.

La cuarentena fue un momento, “detuvo la realidad” para ordenarnos, pero no podemos vivir fuera de la realidad, no eternamente al menos. El desafío fue usar ese lapso para prepararse. La escuela debe diseñarse para el cuidado de los chicos, para la protección de su futuro, para aprender a convivir, a producir. El desafío es una escuela que cuide a los chicos, pero que les enseñe, que los acompañe a crecer.

El cuidado hoy ya no es aislarse, sino lavarse las manos, ponerse el tapabocas, mantener la distancia, no compartir cosas. ¿Y si nos equivocamos? Volvemos atrás y rearmamos el camino para volver a intentarlo. Tenemos que aprender a cuidarnos, un aprendizaje nuevo. Y la escuela nos debe poder acompañar.